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Torniquete energético: Ucrania golpea refinerías rusas mientras Washington y Moscú negocian sin Kyiv en la mesa

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Torniquete energético: Ucrania golpea refinerías rusas mientras Washington y Moscú negocian sin Kyiv en la mesa
Foto: Informante MX

Las Fuerzas de Defensa ucranianas volvieron a golpear el corazón financiero de Rusia: sus refinerías de petróleo. Según los despachos de las agencias internacionales que cubren el frente energético, drones y misiles de largo alcance habrían impactado instalaciones de procesamiento de crudo en territorio ruso, forzando a Moscú a suspender operaciones y a blindar su infraestructura. La interpretación fácil —Ucrania castiga a Washington por una supuesta traición— circula con fuerza en redes sociales y titulares, pero resiste mal la verificación: la campaña contra el complejo petrolero ruso no nació con las negociaciones actuales, se sostiene desde 2024 y hoy se intensifica en un tablero donde la Casa Blanca y el Kremlin exploran un acercamiento que Kyiv no controla.

Una campaña que no empezó con Trump

El ataque sistemático a refinerías, terminales y oleoductos rusos es una línea de acción militar ucraniana documentada por agencias como Reuters, AP, AFP y EFE desde los primeros meses de 2024, cuando los drones de largo alcance empezaron a alcanzar plantas en regiones como Riazán, Volgogrado, Novoshájtinsk o Sarátov. La lógica es económica antes que simbólica: golpear la refinación interrumpe el eslabón donde el crudo se convierte en diésel, gasolina y nafta, es decir, en divisas y en combustible para el propio frente ruso.

El efecto se ha medido en dos indicadores verificables. Primero, la recurrencia de prohibiciones temporales a la exportación de gasolina decretadas por Moscú desde 2024, que el propio gobierno ruso ha justificado con la necesidad de estabilizar su mercado interno. Segundo, las estimaciones de analistas del sector citados por medios internacionales, que en distintos momentos de la guerra han calculado volúmenes relevantes de capacidad de refinación rusa fuera de servicio. Ninguna de esas cifras convierte los ataques en una represalia simbólica: son una estrategia sostenida, con objetivos industriales concretos.

Diplomacia en marcha: acercamiento, no acuerdo

Aquí conviene una precisión que el ruido digital suele borrar. Lo que las agencias han documentado hasta ahora es un proceso diplomático abierto, no un reparto consumado. La conversación telefónica entre Donald Trump y Vladímir Putin en febrero de 2025, las conversaciones de Riad del 18 de febrero de ese año en las que Ucrania no tuvo asiento, la cumbre de Anchorage del 15 de agosto de 2025 —de la que no salió documento firmado alguno— y la reunión posterior en la Casa Blanca con Volodymyr Zelensky y líderes europeos forman una secuencia de contactos y gestos, no un tratado de paz. Hasta el cierre de esta edición, ninguna agencia que cubre la Casa Blanca o el Kremlin ha confirmado la firma de un acuerdo formal entre Washington y Moscú sobre el futuro de Ucrania.

Donald Trump durante un acto oficial en Washington
Donald Trump encabeza el acercamiento diplomático de Washington con Moscú.

En paralelo, y en dirección contraria a cualquier relato de complicidad, Washington endureció el torniquete sobre el sector energético ruso: el Departamento del Tesoro sancionó en octubre de 2025 a Rosneft y Lukoil, las dos mayores petroleras del país, en una medida que analistas internacionales leyeron como presión acumulada antes que como gesto amistoso hacia el Kremlin. El escenario real es el de una negociación con avances y retrocesos, filtraciones y desmentidos. Etiquetar ese cuadro como una «traición» consumada es un encuadre de opinión difundido por analistas y comentaristas, no una acusación oficial formulada por el gobierno ucraniano.

«Nada sobre Ucrania sin Ucrania, y nada sobre Europa sin Europa». La fórmula, que el presidente Volodymyr Zelensky ha repetido en sus mensajes públicos a lo largo de la guerra y con especial insistencia durante 2025, resume la posición oficial de Kyiv cuando los canales de diálogo entre Washington y Moscú se reabren sin que Ucrania tenga asiento garantizado en la mesa.

La diplomacia ucraniana ha sostenido esa línea sin romper con la Casa Blanca: Kiev sigue recibiendo armamento estadounidense a través de mecanismos de compra coordinados por aliados europeos y la OTAN, un arreglo vigente que contradice la imagen de un abandono total. La tensión es real, pero se libra en los detalles del suministro y del calendario diplomático, no en un divorcio declarado.

Por qué una refinería pesa más que un kilómetro de frente

Rusia es uno de los mayores exportadores de productos refinados del planeta y sus ingresos por hidrocarburos sostienen una porción estructural de su presupuesto federal. Cuando una refinería se detiene, el crudo que no puede procesarse se redirige a exportación con menor margen de ganancia; cuando se detienen varias, aparece escasez interna de gasolina, fenómeno que medios rusos independientes y agencias internacionales han reportado en repetidas ocasiones. El daño no es solo contable: obliga a importar combustible, encarece la logística interna y expone a la población a una guerra que el discurso oficial presenta como lejana.

Para México y América Latina, el canal de transmisión es doble y muy concreto. México exporta crudo —una mezcla pesada que se cotiza con descuento frente al Brent— e importa la mayor parte de la gasolina que consume, principalmente desde refinerías estadounidenses. Cualquier sanción, interrupción de suministro o prima de riesgo geopolítico empuja el precio internacional del crudo al alza y encarece esas importaciones de combustible, presiona la balanza comercial y complica la política de precios de Pemex, mientras el ingreso por exportación de crudo no se recupera con la misma velocidad por tratarse de una mezcla pesada. La volatilidad llega, además, en un momento de oferta global frágil y de decisiones de producción que se toman en otros foros, no en la región.

El riesgo real: escalada sin red de seguridad

La pregunta incómoda para las cancillerías europeas y para la OTAN no es si Ucrania tiene derecho a golpear objetivos energéticos —Kyiv los considera blancos militares legítimos por su vínculo con la maquinaria de guerra—, sino qué ocurre si la diplomacia avanza mientras los ataques continúan. El financiamiento europeo, los esquemas de compra conjunta de armamento estadounidense y el debate sobre misiles de largo alcance son la moneda de cambio de esa tensión. Reportes de agencias han indicado que la eventual entrega de sistemas como el Tomahawk permanece en suspenso y sin confirmación oficial, un silencio que en Kyiv se lee como incertidumbre estratégica.

Fachada de la sede de la OTAN en Bruselas
Sede de la OTAN en Bruselas, foro clave para la seguridad europea.

La paradoja es esta: cada refinería fuera de servicio debilita a Rusia en el mediano plazo, pero también endurece las condiciones de cualquier negociación futura y eleva el costo de un alto el fuego. Para Ucrania, la campaña energética funciona como ficha de negociación cuando no tiene asiento seguro en la mesa; para Moscú, como argumento para justificar una escalada sobre la red eléctrica ucraniana, que ya ha sufrido ataques masivos en inviernos anteriores. Y para Europa, como recordatorio de que la seguridad del continente sigue dependiendo de decisiones que se toman en Washington.

En ese triángulo, la única certeza verificable es que no hay acuerdo firmado, que la campaña contra las refinerías rusas es una estrategia antigua y deliberada, y que la próxima ronda diplomática —o el próximo ataque— redefinirá el equilibrio. Lo que está en juego no es un episodio de traición, sino la arquitectura de seguridad de Europa y el precio que pagará el resto del mundo, incluida América Latina, por una guerra que se disputa a la vez en el frente, en las refinerías y en los pasillos de la diplomacia.

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