miércoles, 21 de octubre de 2026
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Opinión y Sociedad

Trudy escala a categoría 2: el Pacífico mexicano y la herida abierta entre resiliencia y olvido

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edrguzman1
Trudy escala a categoría 2: el Pacífico mexicano y la herida abierta entre resiliencia y olvido
Foto: Informante MX

Hay nombres que el Pacífico mexicano no olvida y otros que apenas empieza a aprender. Mientras Trudy se intensifica a categoría 2 y avanza hacia las costas del Pacífico mexicano, la franja que va de Guerrero a Baja California Sur vuelve a mirar el horizonte con esa mezcla de costumbre y miedo que solo entiende quien ha visto el mar entrar a su casa. No es una amenaza abstracta ni un dato en una pantalla: es memoria reciente, un archivo de pérdidas que la burocracia nunca terminó de contar.

El mapa de la fragilidad

La costa del Pacífico mexicano concentra una paradoja brutal. Es una de las regiones de mayor riqueza biocultural del país y, al mismo tiempo, una de las más expuestas a la furia del océano. Ahí conviven asentamientos irregulares trepados en laderas, drenajes que se rebasan con la primera lluvia intensa, hoteles construidos sobre dunas que ya no existen y carreteras que son la única vía de evacuación y también la primera en desaparecer bajo el agua.

Esa fragilidad no es un accidente geográfico: es una decisión política acumulada durante décadas. La planeación urbana llegó siempre después que la gente. Los permisos se firmaron antes que los estudios de riesgo. Y el resultado es un territorio donde millones de personas viven en el filo de una temporada de huracanes cada vez más larga, más errática y más difícil de predecir.

La vulnerabilidad, en el fondo, no se mide en milibares. Se mide en materiales de construcción, en ingresos, en acceso a transporte, en si existe un albergue digno a veinte minutos de casa o a tres horas por un camino de terracería que se convierte en lodo.

Otis: el parteaguas incómodo

El país todavía carga el estupor de octubre de 2023. En pocas horas, un sistema que los modelos veían como amenaza moderada se transformó en un huracán de categoría 5 y golpeó Acapulco con una violencia que nadie había dimensionado. Aquel episodio rompió una certeza tranquilizadora: la idea de que la ciencia y los pronósticos nos daban tiempo suficiente.

Daños en Acapulco, Guerrero, después del huracán Otis
Acapulco tras el paso del huracán Otis en octubre de 2023.

Desde entonces, cada nuevo ciclón que se forma frente a las costas mexicanas se lee con otra ansiedad. Trudy no es Otis, y compararlos sería un ejercicio irresponsable. Pero la lección permanece: los márgenes de maniobra se están comprimiendo, y la diferencia entre una tragedia y una emergencia manejable rara vez la determina el viento. La determina la preparación de quien está abajo.

Los huracanes no matan por su categoría: matan por la precariedad con la que se encuentran. La alerta temprana solo salva vidas cuando existe una comunidad entrenada para escucharla y un Estado capaz de sostenerla.

La resiliencia no es romanticismo

Conviene desconfiar de la palabra resiliencia cuando se usa como coartada. En las comunidades costeras hay una capacidad de organización que asombra: comités vecinales que se activan por radio, pescadores que evacuan a sus propios colonos, cocinas comunitarias que alimentan a cientos en cuestión de horas, listas escritas a mano con los nombres de quienes necesitan ayuda primero.

Personal de protección civil y voluntarios apoyando a damnificados por huracán
Brigadas y comunidades costeras se organizan ante la llegada de ciclones.

Esa red es real y ha salvado vidas. Pero no puede convertirse en el sustituto elegante de un Estado que no llega a tiempo. Celebrar la autogestión mientras se recortan presupuestos de protección civil es una forma sofisticada de abandonar a la gente. La resiliencia debería ser el último recurso, no el primer plan.

La asignatura pendiente: cultura de prevención

México tiene protocolos, tiene alertas y tiene instituciones. Lo que sigue faltando es una cultura de prevención que se enseñe como se enseña a leer. Simulacros que no sean trámite escolar, mochilas de emergencia en cada casa, rutas de evacuación señalizadas y conocidas, refugios con perspectiva de género y atención a personas con discapacidad, información oficial que llegue antes que el rumor y el video viral.

También falta algo menos visible: memoria. Documentar lo que ocurrió, medir el daño real, auditar la reconstrucción, nombrar a los ausentes. Un país que olvida rápido está condenado a repetir su duelo.

Trudy avanza y todavía hay tiempo. No sabemos cuánto daño dejará ni qué tan lejos llegará su centro. Pero sí sabemos algo incómodo: la próxima temporada traerá otro nombre, y otra vez estaremos discutiendo si la prevención era un gasto o una obligación. El mar no negocia. La pregunta, como siempre, es si nosotros sí estamos dispuestos a hacerlo con seriedad antes de que la costa vuelva a contar sus muertos.

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