Bajo la mira: Sheinbaum presume crecimiento por encima de la OCDE mientras los indicadores estructurales matizan el relato

El Ejecutivo federal volvió a colocar la economía en el corazón de su narrativa de poder. La presidenta Claudia Sheinbaum destacó que México crece por arriba del promedio de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), un dato que su gobierno presenta como la validación externa de su modelo económico. Sin embargo, el propio organismo y los indicadores estructurales del país dibujan un cuadro más incómodo: el crecimiento se sostiene sobre bases frágiles, la productividad sigue estancada y la caja fiscal depende de un universo recaudatorio que la OCDE ha calificado, durante años, como uno de los más estrechos de todo el bloque.
Se trata, en términos estrictos, de una declaración política respaldada por una lectura selectiva de los datos, no de un dictamen técnico del organismo. La distinción importa: mientras el Ejecutivo habla de dinamismo y de un modelo con "humanismo mexicano", los documentos de la OCDE insisten en un diagnóstico incómodo que ninguna conferencia matutina logra disolver.
El dato que se presume y el telón de fondo que se omite
La comparación con el promedio de la OCDE es, en efecto, favorable en el corto plazo: varias de las economías más grandes del bloque, encabezadas por Alemania y Francia, atraviesan un ciclo de bajo o nulo crecimiento, presionadas por el encarecimiento energético, el lastre industrial y la incertidumbre comercial. Frente a ese paisaje, el desempeño mexicano —impulsado por consumo interno, remesas récord y el efecto de relocalización de cadenas productivas— luce mejor de lo que sugeriría su propia trayectoria histórica.
El problema es el contraste con la letra pequeña. La OCDE ha advertido que el crecimiento por habitante de México se mantiene entre los más bajos de sus miembros, resultado de una expansión demográfica que absorbe buena parte del avance del PIB. En otras palabras: el país puede crecer por arriba del promedio y, al mismo tiempo, seguir siendo uno de los socios donde el bienestar promedio mejora más lentamente. Esa paradoja es, hoy, el eje del debate económico nacional.
Productividad, informalidad y la caja fiscal que no alcanza
Los tres talones de Aquiles que la OCDE repite en cada diagnóstico siguen intactos. Primero, la productividad: décadas de bajo crecimiento del valor agregado por trabajador explican por qué el PIB per cápita mexicano no converge con el de economías similares. Segundo, la informalidad laboral, que abarca a más de la mitad de la población ocupada y limita tanto la recaudación como el acceso a seguridad social y pensiones. Tercero, la recaudación tributaria, que ronda el 17 % del PIB frente a un promedio de la OCDE cercano al 34 %, un diferencial que constriñe la capacidad del Estado para financiar infraestructura, salud y educación sin recurrir a deuda.
"La economía mexicana está sólida, con finanzas públicas sanas; no vamos a regresar al modelo neoliberal que solo concentró la riqueza en unos cuantos."
La frase, reiterada por la presidenta en distintos foros, resume la apuesta política del gobierno: capitalizar la estabilidad macroeconómica —tipo de cambio resistente, disciplina fiscal autoimpuesta y un Banco de México autónomo— mientras se reivindica un cambio de modelo. El riesgo es que el relato avance más rápido que la estructura.
Pemex, energía y el T-MEC: los frentes que definen 2026
El equilibrio es precario. La petrolera estatal arrastra una carga financiera que consume recursos presupuestales y presiona las finanzas públicas; la política energética genera tensiones con socios comerciales justo cuando se aproxima la revisión del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, prevista para 2026. A ello se suma un entorno externo volátil, marcado por amenazas arancelarias y reconfiguración de cadenas globales, donde México es simultáneamente beneficiario y rehén.
Para el oficialismo, el dato de la OCDE es munición en la batalla por la narrativa y llegará, con seguridad, al informe de gobierno y a los debates presupuestales de los próximos meses. Para la oposición, es la prueba de que se presume un dinamismo que no se traduce en salarios, productividad ni bienestar. La batalla no es estadística: es por el relato que definirá la elección intermedia y el reparto del poder en 2027.
Lo que está en juego, sin adornos, es si México aprovecha la ventana de relocalización para resolver sus cuellos de botella estructurales o si, una vez más, confunde un buen ciclo con un cambio de modelo.
