miércoles, 21 de octubre de 2026
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Opinión y Sociedad

Presupuesto 2027: la advertencia de Monreal que obliga a preguntar qué derechos quedarán fuera

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edrguzman1
Presupuesto 2027: la advertencia de Monreal que obliga a preguntar qué derechos quedarán fuera
Foto: Informante MX

Hay frases que no se pronuncian en el vacío: se pronuncian en el umbral. Cuando Ricardo Monreal advierte que el Presupuesto 2027 no alcanzará para atender todas las exigencias, no está anunciando un ajuste contable, está describiendo una jerarquía moral. En un país donde cada peso etiquetado significa una cama de hospital, un aula con techo o una despensa comunitaria, decir que no alcanza equivale a decir que alguien quedará afuera. La pregunta, entonces, no es cuánto falta: es quién falta.

El presupuesto como confesión

Durante años, el debate fiscal en México se ha librado en un lenguaje que la ciudadanía no termina de traducir: déficit, techo de deuda, reasignaciones, subejercicio. Pero detrás de cada uno de esos términos técnicos hay una familia que calcula si le alcanzará para la consulta médica del mes, un estudiante que espera la beca prometida, una madre que busca lugar en una estancia infantil. El reconocimiento de que el próximo ejercicio fiscal no podrá con todo no es una falla de comunicación política: es la confesión de un límite estructural que se venía posponiendo.

La evidencia sociológica es consistente: cuando el gasto público se restringe, el impacto no se distribuye de forma democrática. Golpea primero y más fuerte a quienes ya dependen exclusivamente del Estado para acceder a lo básico. La austeridad, en abstracto, suena a virtud republicana; aplicada al consultorio sin medicamentos o a la escuela sin mantenimiento, se convierte en una decisión sobre vidas concretas.

"Cuando un gobierno admite que no alcanzará para todas las exigencias, ya eligió, aunque no lo diga, a quién va a dejar esperando."

La salud pública: el gasto que se difiere es una vida

La Organización Mundial de la Salud ha sostenido durante años una referencia incómoda: el gasto público en salud debería aproximarse al 6 por ciento del PIB para sostener sistemas universales robustos. México ha navegado por debajo de ese umbral, con un sistema fragmentado, infraestructura desigual y un personal médico que sostiene con vocación lo que el presupuesto no cubre. Cada vez que se anuncia una restricción, el costo se traslada a las listas de espera, al abasto intermitente de medicamentos, al bolsillo de las familias que pagan consultas privadas con dinero que no tienen.

Fachada del Hospital General de México en la Ciudad de México
El Hospital General de México atiende a miles de pacientes que dependen del gasto público en salud.

El derecho a la salud no admite calendarios aplazados. Un tratamiento oncológico postergado seis meses no es un ahorro fiscal: es una probabilidad de supervivencia que se reduce. Esa es la dimensión que los documentos presupuestales rara vez registran y que la sociedad percibe con una claridad brutal.

Educación y comunidad: el tejido que se deshilacha en silencio

Algo similar ocurre con la educación y con los programas comunitarios, esos que nunca aparecen en los grandes titulares porque su colapso es lento. La infraestructura escolar que no se repara, la capacitación docente que se cancela, los espacios culturales que cierran por falta de insumos: ninguno de esos recortes produce una crisis visible el mismo día. Producen, en cambio, una erosión silenciosa de la movilidad social que tarda una generación en hacerse evidente.

Campus central de la UNAM en la Ciudad de México
La educación pública depende de presupuestos que sostienen infraestructura, docencia y programas comunitarios.

Los programas de atención comunitaria —comedores, refugios, centros de prevención de adicciones, atención a víctimas— operan con márgenes tan estrechos que cualquier contracción presupuestal los coloca al borde de la desaparición. Y son, precisamente, la primera línea donde el Estado se encuentra con quienes no tienen otro lugar a dónde acudir.

El costo político de la aritmética

La advertencia de Monreal debería leerse también como un mensaje interno: el pacto político que sostiene al gobierno se nutre de expectativas concretas, y esas expectativas tienen fecha de vencimiento. Gobernar no es solo administrar la escasez; es explicar con transparencia bajo qué criterios se decide, y someter esos criterios al escrutinio público. Sin esa conversación, la insuficiencia presupuestal se convierte en una fuente silenciosa de desencanto, ese que no estalla en las calles pero se acumula en la desconfianza cotidiana.

La discusión que viene no debería centrarse únicamente en cuánto dinero habrá, sino en qué jerarquía de derechos se está dispuesto a defender. Porque un presupuesto insuficiente no es un accidente técnico: es una declaración de prioridades. Y toda prioridad, en una democracia, exige ser nombrada en voz alta, con nombres, con rostros y con consecuencias.

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